martes, 16 de junio de 2009

Condiciones de una Espiritualidad Misionera

Condiciones de una Espiritualidad Misionera
Alguien definió al misionero como "aquel que actúa como si viera al invisible". Aquel que es capaz de seguir adelante, más allá de cualquier dificultad, cualquier frustración, cualquier decepción, porque tiene la fuerza del que actúa como si viera a Dios a causa de su experiencia cristiana. Esta es la fuente de la esperanza misionera. Por eso cuando hablamos del espíritu de la misión, no podemos evitar el problema de la experiencia de fe del misionero. Pues solamente la fe y la contemplación nos ponen cara a cara con el Dios invisible.
A) PRIMERAMENTE EL MISIONERO DEBE SER UN CONTEMPLATIVO
Capaz de trasmitir no sólo ideas, discursos y análisis, sino sobre todo su experiencia personal de Jesucristo y de los valores de su reino. En el corazón de las masas alejadas, frecuentemente el testimonio contemplativo de un cristiano es la única cisura por la que se va comunicando la luz del evangelio. Más nos adentramos en la periferia del cristianismo, en "tierra extraña", más debemos mantenemos unidos a las fuentes contemplativas de la Iglesia. Muchos misioneros generosos naufragaron o perdieron su identidad cristiana por olvidar esto. El misionero es el que se entrega a la edificación de un reino que va mucho más allá de lo que él es o lo que él hace. Ser consecuente con esta experiencia de la fe, es hacer de la contemplación un estilo en la acción. El estilo de acción contemplativo está marcado por la esperanza. Está marcado por la serenidad, ante la colosal tarea misionera que nos sobrepasa. Pues en la perspectiva de la fe, la misión es hacer lo que Dios quiere, y al ritmo que Dios quiere, y no todo lo que nosotros pensamos que habría que hacer. La primera actitud es fuente de esperanza, la segunda, de desaliento y frustración. La misión es una llamada, una "vocación", por la cual Dios los envÍa "a los otros" (Gál 1,15). La llamada misionera es una proyección hacia los demás, un dinamismo para ir siempre "más allá de la frontera". Este dinamismo se agota si no se nutre continuamente de la experiencia contemplativa. El envio misionero no es una condición jurídica, sino el resultado dinámico de un encuentro con el Cristo viviente. Hay un ideal bíblico del misionero contemplativo. Su modelo son los profetas. Desde Moisés hasta el mismo Jesucristo, pasando por Elías, Juan Bautista y los profetas del exilio, el profeta bíblico es un enviado de Dios para convocar al pueblo al seguimiento del Dios uno, único e "in manipulable", y para denunciar las idolatíías siempre nuevas. Al mismo tiempo el profeta es un discípulo a quien Dios ha purificado el corazón y se le ha revelado en una experiencia religiosa a veces dramática. En la simbología bíblica, el profeta es alternadamente enviado a la "ciudad" como evangelizador, y es conducido al "desierto" para ahondar su experiencia de Dios. Moisés, Elías y otros profetas, el Bautista y el mismo Jesús preparan su misión en el desierto y regresan a él en ciertos momentos. El desierto, más que un lugar, es un símbolo bíblico. Por un lado, el desierto es el lugar de la soledad y de la pobreza, donde el corazón se purifica, se desenmascaran los ídolos y se realiza el encuentro denso y exclusivo con Dios. Es el lugar de la contemplación cristiana. Por otro lado, el desierto es símbolo de la esterilidad y dureza del corazón humano, a donde el profeta es enviado. El Bautista "predica en el desierto"; evangeliza en una sociedad pecadora. Los profetas bíblicos son modelos del misionero cristiano. Lo que en su vida aparece como una alternancia (misión en la "ciudad" y experiencia de Dios en el "desierto") es un símbolo de lo que en la vida cristiana debe ser realizado simultáneamente como dos dimensiones inseparables. Cada misionero está llamado a hacer esa síntesis. A unir el coraje de compromiso de un profeta y la experiencia de Dios de un contemplativo.
B) LA MISIÓN EXIGE LA POBREZA COMO CONDICIÓN Y ESTILO DE VIDA
No cualquier forma de pobreza, sabemos que la pobreza evangélica puede expresarse de muchas formas, sino la "pobreza misionera". La pobreza misionera va más allá de las exigencias habituales de la pobreza en la evangelización, caracterizadas por la inserción entre los pobres, el estilo austero de vida y la opción solidaria por la causa de los oprimidos. Pero hay además un empobrecimiento misionero inherente a su éxodo "en tierra extraña". Este empobrecimiento como actitud y como estilo de vida está exigido por el éxodo eclesial y el éxodo cultural.El éxodo eclesial: La misión es abandonar la propia Iglesia (con su ambiente cristiano), para ir a reforzar otra Iglesia hermana debilitada, o para ir a implantarla, como signo del reino, ahí donde todavía no existe. En todo caso no hay éxodo misionero sin abandonar las formas de una Iglesia éestablecidaé o de evangelización convencional, para ponerse al servicio de otro modelo de Iglesia, cuyos términos y estilo de acción son dados por otros. Al ponerse al servido de otra Iglesia, el misionero debe morir, debe empobrecerse en todo aquello que le impide ver, sentir y actuar al servicio de otra realidad cristiana.El éxodo cultural: La misión es abando­nar la propia cultura, con la simbología e interpretación cristiana que ella conlleva, para insertarse en otra cultura. No sólo para adaptarse a ella (dentro de lo posible), sino para aportar en su evangelización mediante la reinterpretación cristiana de esa cultura (sin la simbiosis mutuamente enriquecedora entre fe y cultura, el evangelio no acaba de arraigarse en un medio humano). De ahí la exigencia de un "empobrecimiento cultural" para el misionero, no en el sentido que haya de despojarse de los valores de su cultura de origen, sino en el sentido de liberarse de los condicionamientos de su cultura que le impiden percibir la presencia del Espíritu y los caminos propios del evangelio en la cultura "extraña" a la cual fue a servir. La pobreza misionera, como toda otra forma de pobreza evangélica, es un riesgo en la esperanza. Es un salto al vacío apoyado en la fe de la Iglesia. El éxodo misionero da miedo. Como dió miedo a los misioneros profetas del Dios de Israel, arrojados por su Señor en tierras de exilio para mantener ahí viva la fe en la promesa. La pobreza en la misión es aceptar las crisis de inseguridad y del "nacer de nuevo" de tantas maneras, sin perder la identidad cristiana. El empobrecimiento misionero requiere mucha madurez. No está hecho para cristianos adolescentes, o en busca de evasiones o de compensaciones publicitarias.
C) LA MISIÓN REQUIERE CONFIANZA EN SÍ MISMA
Dicho de otra manera: el misionero debe creer y tener confianza en el Espíritu que anima la Iglesia, y en la eficacia, a menudo oscuro y misterioso, de la evangelización y de los medios propios de la acción misionera. "Yo los escogí para que vayan y tengan fruto y su fruto permanezca" (Jn 15,16).La tragedia de muchos es que no creen en la eficacia propia e irreductible de la evangelización, especialmente de cara a "los otros". Esta desconfianza sustituye el dinamismo misionero por el trabajo sólo con los practicantes, más fácil y consolador. O por los proyectos materiales. O por la eficacia, aparentemente más visible e inmediata, de las racionalidades humanas o de la política. La situación actual de desánimo misionero se debe en buena parte a estas tentaciones. Cuando la misión se separa de la perspectiva de Jesús, de su redención y de su reino, se puede equiparar con cualquier ideal o empresa humana válida, incluyendo sus fines y modos de eficacia. Pero la misión, que incluye necesariamente los criterios de la eficacia humana, los trasciende siempre, debido a su objetivo radical: la conversión a Jesús y al amor fraterno, la superación del pecado y la experiencia de Dios Padre. Estos objetivos y liberaciones radicales implican la acción del don y de la gracia de Dios sobre su pueblo, y la inserción en la oración y en el sacrificio de Jesús ("Esta clase de demonios sólo se expulsan por la oración y el sacrificio" Mc 9,29).Hombre de fe en el dinamismo de su misión y en la fuerza de su mensaje, el misionero cree en la eficacia misteriosamente liberadora de la cruz de cada día, y en la eficacia de su presencia y entrega personal en medio del pueblo o en medio de la incredulidad. Cree en el valor de la santidad y de la entrega por si mismos. Cree en la fuerza cualitativa de la misión y de la presencia cristiana: aunque sean minorías Los que traspasan la frontera de sus Iglesias para ir a "los otros", al corazón de las masas, su significado eclesial es incalculable; es el "pequeño resto" que, representa a toda la Iglesia y que actúa en su nombre, significando la venida del reino de Dios entre "los otros". Esta confianza en la misión y en la venida del reino, "contra toda esperanza", genera la paciencia histórica y la mansedumbre cristiana en las contradicciones y fracasos de la misión. La raíz última de esta actitud, que nos identifica con Cristo misionero manso y humilde de corazón, es la pobreza de espíritu según las bienaventuranzas. La pobreza radical de espíritu no sólo coloca consciente y activamente nuestra misión entre las manos de Dios, sino que también nos lleva a seguir las actitudes de Cristo en la misión, que porque era pobre y dependiente ante el Padre, y pobre entre sus hermanos los hombres, "no rompía la caña trizada ni la mecha humeante", ni "gritaba y discutía en las plazas" (Mt 11,29; 12, 18ss). La confianza en la obra del Espíritu de Cristo en la misión se traduce por el respeto a cada persona, por la no imposición, por el reconocimiento de la verdad y del bien en donde se encuentren, por la humildad y el desasimiento personal. Este estilo evangélico en la misión forma parte del testimonio cristiano que la hace creíble y aceptable, aunque a través de la paciencia y de la cruz.
D)LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA EXIGE EL ESPÍRITU DE LO ITINERANTE Y DE LO PROVISIORIO
De esto ya hemos hablado más atrás: por su misma naturaleza La misión es éxodo, es dinámica, móvil. Cuando ha asegurado su objetivo esencial, no se atrinchera en una comunidad establecida o en el trabajo con los ya convertidos sino que inicia un nuevo éxodo; va siempre "más allá", buscando lo que todavía es más alejado, más pobre y más necesitado del evangelio.Esto quiere decir, (respetando siempre las situaciones pastorales y las vocaciones personales), que el misionero debe mantener una actitud espiritual coherente con ésta exigencia. La actitud de promover los ministerios y los liderazgos locales, para hacerse sustituir lo antes posible. Por lo tanto la actitud de no "hacer carrera", actitud necesaria para la libertad profunda de todo evangelizador (la "carrera eclesiástica", la cuestión de los "puestos" y promociones es la servidumbre más sutil del ministerio apostólico) es esencial al misionero para mantener su actitud provisoria y para responder a la llamada de "ir más allá" cuando ésta se haga sentir.El misionero está en tensión entre su arraigo y compromiso con una comunidad local, y su disponibilidad para itinerar y desarraigarse llegado el momento. La síntesis de ambas actitudes, realizadas en toda su seriedad, y sin sacrificar la una por la otra, requiere una mística particular, que es el don de la vocación misionera. Esta espiritualidad de la itinerancia, como cualquier otra mística cristiana, tiene también por modelo y única referencia el seguimiento de Jesús, en su condición de evangelizador itinerante, y de apóstol incansable entre los judíos de su tiempo.Esta actitud de éxodo y de itinerancia, para que sea "católica" y para que sea enriquecedora del propio misionero y de la comunidad que él ha ido a ayudar, requiere tener raíces en la experiencia cristiana del misionero, y requiere que éste lleve consigo las riquezas de su Iglesia de origen. La inserción en otra Iglesia y cultura no debe ser al precio de vaciar al misionero del mensaje y del aporte particular que su propia Iglesia está ofreciendo a la catolicidad, en este momento de la historia. El éxodo misionero desde América Latina por ejemplo debe ser católico, y debe ser Latinoamericano. Debe arrastrar consigo no sus problemas y sus respuestas, sino los valores permanentes, tanto espirituales como apostólicos, que las Iglesias Latinoamericanas han tenido la gracia de profundizar: "el sentido del pobre, las comunidades cristianas, la liberación, la evangelización a partir de la religión popular, etc.", sobre esto ya se ha escrito suficientemente.
S. Galilea, "El camino de la espiritualidad", Ed. San Pablo, Santa Fé de Bogotá 1994

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