martes, 16 de junio de 2009

Espiritualidad Misionera

ESPIRITUALIDAD MISIONERA
Juan Esquerda Bifet
Teología de la Evangelización (Biblioteca de Autores Cristianos)

La espiritualidad misionera hace descubrir y vivir la prioridad y la iniciativa de Dios en el don de la misión. Como estilo de vida del misionero, la espiritualidad ayuda a profundizar en los temas teológicos sobre la misión (teología misionera) y es la mejor garantía para acertar en la pastoral misionera.
El término "espiritualidad" indica el "espíritu" o estilo de vida. Se quiere "vivir" lo que uno es y hace. Para el cristiano, se trata de la vida "espiritual", es decir, de la vida según el Espíritu (Rom 8,9): "caminar en el Espíritu" (Rom 8,4). Es, pues, una vida que se quiere vivir en toda su realidad humana, con autenticidad y profundidad.
La vida espiritual no es, pues, una actitud intimista, subjetivista o alienante, sino un camino o proceso de santidad o de perfección, que se traduce en actitudes de fidelidad, generosidad y compromiso vital de totalidad.
En toda cultura humana se encuentran tres relaciones básicas del comportamiento personal y colectivo: la relación con los demás hermanos, la relación con las cosas y acontecimientos, la relación con la trascendencia (Dios, el más allá...). El hombre busca vivir en profundidad el "misterio" de su propia existencia y de los demás hermanos, así como el realismo pleno de las cosas y de la historia, donde se deja sentir el "más allá" de una presencia y de una voz de Dios.
El verdadero estudio del misterio de Cristo se realiza con actitud vivencial. Hay que estudiar los datos de la revelación con una actitud científica de análisis y síntesis, en vistas a una clarificación y precisión (función científica); hay que profundizarlos también para el anuncio y la llamada a la fe (función kerigmática, evangelizadora, pastoral); hay que celebrarlos en los momentos litúrgicos (dimensión litúrgica). Pero si faltara la función vivencial, esas otras funciones correrían el riesgo de quedarse en profesionalismo.
Dimensiones de la espiritualidad
Es vida en Dios (Rom 6,11) o según los planes salvíficos del Padre, que quiere que el hombre se construya libremente según la imagen divina, como "hijo en el Hijo", que tiene la "impronta" del Espíritu, para hacer que toda la creación y toda la historia se orienten hacia Cristo, el Salvador, Dios hecho hombre (cf. Ef 1,3-14; Col 1,9-17).
Es vida en Cristo (cf. Jn 6,56-57; Gál 2,20), a partir de una llamada que se hace encuentro (cf. Jn 1,35-51), unión y relación personal (cf. Mc 3,14), seguimiento personal y comunitario, imitación (cf. Mt 11,29), configuración o transformación (cf. Jn 1,16; Rom 6,1-8) y misión (cf. Mt 4,19; 28,19-20).
Es vida nueva en el Espíritu, que, con el Padre y el Hijo, habita en el corazón del hombre como en su propia casa solariega (cf. Jn. 14,17-23), que ilumina al hombre acerca del misterio de Cristo (cf. Jn 16,13-15), y que le transforma en transparencia y en testigo del evangelio (cf. Jn 15,26-27).
La "espiritualidad" o el "espíritu" de la vida cristiana tiene, pues, dimensión trinitaria y, por tanto, teológica, salvífica, cristológica, pneumatológica. Pero es también un caminar de hermanos que forman una sola familia o comunidad "convocada" (dimensión eclesial), comprometida en las situaciones humanas concretas (dimensión antropológica, social e histórica). Es una vida espiritual que se alimenta de la meditación de la palabra de Dios y de la celebración del misterio pascual (dimensión contemplativa y litúrgica). Es vida que debe anunciarse y comunicarse a todos los pueblos (dimensión misionera), hasta que un día será realidad plena en el más allá (dimensión escatológica).
Estas dimensiones son complementarias, puesto que se postulan mutuamente:
Desde su fuente: dimensión trinitaria, cristológica, pneumatológica;
Por medio de su realidad eclesial: dimensión eclesial, litúrgica, contemplativa, misionera, escatológica;
Hacia la realidad humana: dimensión antropológica, social e histórica.
El "espíritu" o "espiritualidad" no es simplemente interiorización, sino un camino de verdadera libertad (cf. Gál 5,13; Jn 18,32) que pasa por el corazón y que se dirige a la realidad integral del hombre y de su historia personal y comunitaria. La espiritualidad cristiana se hace inserción ("encarnación") en la realidad a imitación del Hijo de Dios hecho hombre, armonizando de este modo un proceso de inmanencia que es, al mismo tiempo, de transcendencia y de esperanza.
La vida "espiritual" se llama también vida de "perfección" o de santidad: "sed perfectos como vuestro Padre celestial" (Mt 5,48). Se trata de ordenar la propia vida según el amor, es decir, hacer de la propia existencia una "entrega de si mismo a los demás" (Gaudium et Spes 24). "La caridad es el vinculo de la perfección" (Col 3,14).
Espiritualidad del apóstol "ad gentes"
La espiritualidad misionera consiste especialmente en la vivencia, la fidelidad, la generosidad, la disponibilidad que corresponde al apóstol o evangelizador. Cabe todavía distinguir entre el apóstol en general y el apóstol que es enviado a realizar la primera evangelización ("implantar la Iglesia", misión "ad gentes"). A este último se le acostumbra a llamar "misionero".
La espiritualidad del apóstol está relacionada con la misión o el envío y con la acción evangelizadora. Su espiritualidad es "misionera" precisamente porque es actitud fiel y generosa de "ejercer sincera e incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo" (Presbyterorum Ordinis 13). Esta espiritualidad no es dicotomía entre vida interior y acción, sino "unidad de vida", que sigue el ejemplo de Cristo, tanto en la oración como en la acción. La caridad del Buen Pastor ayuda a reducir a unidad su vida y su acción apostólica, encontrando tiempo para poner en práctica los medios de vida espiritual y de apostolado.
La espiritualidad misionera sabe encontrar el punto de equilibrio entre las tensiones que se originan en la vida apostólica: servicio y consagración, cercanía (inmanencia) y transcendencia, acción externa y vida interior, institución y carismas, etc. Puesto que "la caridad es como el alma de todo apostolado" (Lumen Gentium 33), la armonía entre la vida interior y el apostolado se origina en la vida teologal: "el apostolado se ejercita en la fe, en la esperanza y en la caridad que el Espíritu Santo difunde en el corazón de todos los hijos de la Iglesia" (Apostolicam Actuositatem 3).
La vida espiritual del apóstol consiste en la unión con el Señor; por esto, "la fecundidad del apostolado depende de la unión vital con Cristo" (AA 4). Los medios de vida espiritual para el apóstol son los medios comunes a todo cristiano, pero de modo especial la misma vida apostólica como prolongación vivencial de la palabra, del sacrificio, de la acción salvífica y pastoral de Cristo. Precisamente esta espiritualidad armónica del apóstol es la que mejor ayudará a descubrir el universalismo de la misión. Entonces la espiritualidad es verdaderamente misionera.
La espiritualidad del "misionero" es fundamentalmente la misma que corresponde a todo evangelizador, pero con matices especiales, que tienen su punto de partida en la vocación específica. Cada vocación tiene sus "carismas" o gracias especiales, que reclaman una actitud espiritual de respuesta fiel y generosa. La espiritualidad del misionero es, pues, espiritualidad de dedicación al primer anuncio del evangelio, para implantar los signos permanentes de la evangelización en aquellas comunidades donde la Iglesia todavía no puede considerarse suficientemente implantada. Es la espiritualidad que corresponde a la misión universalista "ad gentes": la dedicación permanente al anuncio del evangelio a todos los pueblos.
Esta espiritualidad se concreta en "actitudes interiores" (Evangelii Nuntiandi 74), que se convierten en estilo de vida evangélica ante las situaciones misioneras. El Concilio Vaticano II señala unas líneas y virtudes concretas: respuesta generosa a la llamada, dedicación o vinculación a la obra evangelizadora, fortaleza ante las dificultades de la primera evangelización, confianza y audacia en el anuncio del Evangelio, vida realmente evangélica, testimonio hasta el "martirio", gozo en la tribulación, obediencia eclesial, renovación constante... (cf. Ad Gentes 24-25).
Los Apóstoles vivieron la misión como actitud relacional con Cristo presente en la Iglesia. Es Cristo que envía a la acción evangelizadora y es él mismo que ahí espera al apóstol. Por esto él sigue siendo "el principio y centro permanente de la misión" (Redemptor Hominis 11). El apóstol vive en Cristo y de su presencia (Gál 2,20; Flp 1,21; Hech 18,9), sólo predica a Cristo (2 Cor 4,5) sintiéndose urgido por su amor (2 Cor 5,14) y fortalecido con su asistencia (Flp 4,13). Entonces el sufrimiento se convierte en cruz y, a veces, en martirio, como "complemento" de los sufrimientos de Cristo (Col 1,24). El objetivo de la misión ya queda definitivamente claro: "recapitular todas las cosas en Cristo" (Ef 1,10), A partir de esta actitud relacional, sabiéndose profundamente amado por Cristo, ya es posible dedicar la vida a amarle del todo (2 Cor 12,15) y a hacerle amar de todos. El apóstol queda, pues, "segregado para el evangelio" (Rom 1,1) y se hace "todo para todos" (Rom 1,14; 1 Cor 9,22). Su vida ya no tiene sentido al margen de Cristo.
Siempre se ha considerado el martirio como indispensable para el primer anuncio evangélico y, de modo especial, para la implantación de la Iglesia. "El hecho del martirio cristiano siempre ha acompañado y acompaña la vida de la Iglesia" (Veritatis Splendor 90).
Habrá que distinguir entre el martirio de sangre y el de una vida sacrificada ocultamente. Pero siempre quedará en pie su valor de "signo" radical que acompaña necesariamente al mensaje predicado: "dar el supremo testimonio de amor, especialmente ante los perseguidores" (Lumen Gentium 42).
Encuentro comprometido con todos los hermanos
La actitud relacional con Cristo se hace encuentro comprometido con todos los hermanos, especialmente con los más pobres, con los que no le conocen ni le aman. La misión sólo se puede vivir "injertados" vivencialmente en el misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado (Rom 6,5). El Concilio Vaticano II describe así la fisonomía espiritual del misionero: "Lleno de fe viva y de esperanza firme, sea el misionero hombre de oración; inflámese en espíritu de fortaleza, de amor y de templanza; aprenda a contentarse con lo que tiene; lleve en sí mismo con espíritu de sacrificio la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús obre en aquellos a los que es enviado; llevado del celo por las almas, gástelo todo y sacrifíquese a sí mismo por ellas, de forma que crezca en amor de Dios y del prójimo con el cumplimiento diario de su ministerio. Obedeciendo así con Cristo a la voluntad del Padre, continuará la misión de Jesús bajo la autoridad jerárquica de la Iglesia y cooperará al misterio de la salvación" (Ad Gentes 25).
Las situaciones especiales de países y sectores poco evangelizados (o descristianizados) reclaman una profunda espiritualidad en el apóstol. Los problemas actuales de pastoral requieren actitudes de autenticidad. Sólo con una rica espiritualidad sabrá el apóstol encontrar el equilibrio necesario en el proceso de inculturación, de maduración de la Iglesia local, de presentación del evangelio en una época de cambio.

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